Un predicador ajeno suena bajito en la tele.
La ventana del motel de barrio suena oxidada y afuera, las calles huelen a especias y a idiomas extraños.
Un cantautor protesta, medio filósofo y poeta, acaba su concierto y todos se arremolinan en a puerta, esperando su salida.
Pero él se queda con nosotros.
En una pequeña mesa, un grupo de cuatro hablamos del sinsentido de la vida y un vendedor ambulante se acerca para vender pulseras de elefantes.
Seguimos hablando hasta que una estatua de piedra con forma humana y pendientes de plumas, cigarro en mano, se acerca y nos saluda.
Se hace el silencio y la estatua espera en vano una invitación a la mesa.
La vida es injusta y todos lo sabemos. En el aire, el polen y las primeras alergias de primavera nos obligan a ponernos la mascarilla.
Otra extraña y surrealista noche de sábado en las afueras.
Fotografía de; Alberto Cabello
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